Recuerdas ese día que llegué llorando sin más que palabras sin conexión con el mundo; entré en un bosque oscuro y entre las hojas el viento supe por qué: estoy triste porque no tengo voz, llegué y dije
dije desde qué voz a ti, con llanto y lo entendiste, guardaste silencio, pusiste tu boca en una mano te enroscaste sobre ti mismo mientras me movía como un pequeño insecto en un laberinto que no comprendo, un laberinto de agujeros negros, de circo con un malabarista que me manda palabras exactas para dejar el llanto y explicar pero el llanto no cesa y no me deja que duerma porque duermo ya en este circolaberintonegro como el cabello de mi madre, enredado como el cabello de mi madre, doliente como el vientre de mi madre al que no puedo regresar
me caigo, porque yo también caigo como todos despacio y cerrando los ojos no esperando algo ni siquiera el piso que pueda deternos, el piso que pueda regresarnos el dolor que hace falta para saber otra vez saber otra vez tener una certeza: estamos
dónde, qué, importa,
yo no te sé ahí sólo escucho tu cuerpo, tu cuerpo moreno, tu cuerpo bajito aproximarse a mí sin cuerpo, aproximarse y besarme sin labios, aproximarse y escucharme sin voz
viernes, septiembre 11, 2009
jueves, septiembre 10, 2009
jueves, septiembre 03, 2009
Eterno K
miércoles, agosto 26, 2009
jueves, agosto 13, 2009
El coloso
Por Sylvia Plath
Nunca podré reunirte íntegramente,
juntar, pegar, articular como corresponde
Rebuznos de mula, gruñidos de cerdo, obscenos graznidos
provienen de tus grandes labios.
Peor que en un corral.
Quizá te consideres un oráculo,
portavoz de los muertos o de algún dios
Yo llevo treinta años esforzándome
por limpiar de fango tu garganta
y no he aprendido nada.
Trepando escaleritas con frascos de engrudo y baldes de lisol
me arrastro como una hormiga enlutada
por los campos cubiertos de maleza de tus cejas
para reparar tu inmenso cráneo y desbrozar
los descarnados, blancos túmulos de tus ojos.
Un firmamento azul de otra Orestíada
se cierne sobre nosotros. Oh padre, tú solo
eres una referencia histórica tan importante como el Foro Romano.
Aquí meriando, en una colina de seres siniestros.
las columnas de tus huesos y el acanto de tus cabellos vuelven
a su antigua anarquía esparciéndose hasta el horizonte.
Se necesita más que un rayo
para crear tanta ruina.
Algunas noches me acurruco en la cornucopia
de tu oreja, a salvo del viento,
y cuento estrellas rojas y estrellas color ciruela.
Sale el sol bajo el pilar de tu lengua.
Mis horas se desposan con la sombra.
Ya no escucho más el roce de la quilla
contra las sordas piedras del embarcadero.






